Ir al contenido principal

Es sólo un tipo tímido que le gusta ver volar a las águilas

La puedo ver a través de unos arbustos que hay entre yo y ella. Estoy seguro que ella no me ve a mí, es más, creo que ni siquiera sabe que estoy aquí; siempre es así con todas las personas, parecen no verme. Por eso que no me gustan, dicen que soy. Que importa. Sigo mirándola a ver qué hace. Eso sí, me entretengo espiando a la gente cuando no me ven y les doy nombres.
Con sólo aproximarse al borde y dar una mirada al fondo del precipicio retrocedió un paso. Me sonrío cuando se echa hacia atrás; yo puedo ir un poco más allá que ella.
Sé lo que ella ha visto allá abajo. Muchas veces he hecho lo mismo. Mirar hacia abajo es ver una caída de varios cientos de metros y cortada en contrario a la saliente. El que sea curioso y no le dé vértigo, a mí no; o un suicida, podrán ver directo al río pero jamás oír el torrente que lleva, sólo se escucha silbar al viento.
La voy a llamar, no se me ocurre que nombre darle. Otra vez regresa hasta la orilla, parece no titubear al pisar sobrepasando el borde de la cornisa, ahí hay piedrecita suelta; pienso en que quiere saltar. Una vez vi a uno tirarse, se acercó, abrió los brazos y desapareció, ni siquiera lo oí gritar; pero ése era un hombre viejo, parecía como de cincuenta; le había puesto Esteban mientras lo pude mirar. ¿Será tiempo de hablarle que no lo haga? No me gusta conversar con personas que no conozco.  La miro de nuevo, no llegué, una corriente de aire la mece hacia adelante y sola se sostiene dando un paso atrás. Me quedo tranquilo, si no lo hizo ahora no lo hará nunca. Es de ésas que nunca se tirarán. Ya sé, le pondré Elena.
Cuando vengo a mirar el acantilado y como soy paciente, hay veces que puedo ver volar a la pareja de águilas. Sale una y vuelve con comida y después de un rato vuelve a salir. Luego las he visto salir a las dos. El nido no se puede ver.
¿Ahora saltará? Creo que sí, al verla con los brazos extendidos como alas y el cabello revuelto por el viento; se cae al suelo y se agarra a la roca, el celular se le escapó de las manos dio dos botes y salió volando acantilado abajo. Lo perdió al mismo tiempo dio un grito. No entiendo qué le pasa, está loca. Me paro a mirar a Elena.
—¡No te acerques!  —Me grita.
—No pensaba hacerlo, le digo. Elena apunta hacia un costado. No había reparado en la culebra cascabel replegada contra una roca. Vuelvo la vista a ella y está sangrando por la pierna. Miro mi celular y no tiene señal. Saco cuentas para regresar sabiendo que son dieciséis kilómetros.
—Al parecer tendrás lo que buscabas, le digo.
—¿Qué?
—Lo que ibas a hacer, saltar.
—¿De qué hablas? No seas imbécil. Sólo vengo a ver las águilas.
Nos pusimos a andar, a cada paso me pregunta si tengo señal, hasta que asomaron las barras de cobertura. Habíamos recorrido ocho kilómetros sin dejar de escrutar la pantalla. En los siguientes minutos un equipo de rescate viene por ella; sigo solo por lo que resta del sendero. Hoy no pude ver a las águilas; y Elena, que de verdad se llama Sandra, lo único que hizo fue hablar y hablar todo el camino.
Al término de la semana regreso, me gusta ir hasta allá. Siempre que puedo voy y observo a las águilas volar, puedo estar muchas horas haciendo eso. Al llegar la veo donde mismo. ¿De nuevo? Al borde de la misma línea. Agacho la cabeza decidido a regresar y aun avergonzado de la vez anterior, habla mucho. Entonces volteo para despedirme. ¡No está! Esta vez lo hizo, no se llamaba…, no me acuerdo, creo que la llamé Elena, sí Elena.
No quiero ir a mirar abajo; no es ni será la última en tirarse. Ésa era Elena. ¿Mirar? No veré nada; media vuelta para irme.

—¿Creíste que salté? 

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Retrocediendo o regresando?

A los amigos, a quienes con quien siento tener algo que decirles, o que deseo contarles y a su vez saber de ellos. A todos ustedes les dirijo estas letras y a los que las lean, les recomiendo tomarse unos minutos en pensar en adoptar un camino similar. No necesariamente tiene que ser el que he tomado, ustedes verán hasta donde lo abarcan.

A los amigos, les cuento que desde un tiempo a la fecha me he alejado de las páginas sociales del internet. Explicar el por qué, cuento largo. Pienso que cada uno de nosotros se va dando por enterado. En mi caso rayó en el rechazo ya absoluto a seguir siendo un consumidor usado y lector de banalidades. Veedor de un sin fin de fotografías sin idea de quiénes son, dónde están y otras morbosidades. Punto aparte, ESTOY FUERA y decidido a retomar el estilo de comunicación más antiguo que aprendí, reservar un momento para redactar y dirigirles una carta en papel, escrita a mano o utilizando una máquina de escribir, o una tarjeta o simplemente un dibujo, dep…

Pinturas Nocturnas

Hola a todos:
En el constante trabajo de escribir, editar y publicar una novela me han acompañado varias personas, en especial mi hermana Teresa, mi gran amigo Juan Carrillo quien ha sido el encargado del diseño de portada y cubierta, a él lo pueden ver en 174 Magazine, acá les dejo el enlace: Facebook: 174 Magazine
También agregar a Alicia, quien ha jugado un importante papel en todo este proyecto con su opinión, lectura constante y corrección de errores gramaticales y ortográficos, porque no se crean una cosa es contar algo y otra es escribirlo bien y en mi caso, me es más fácil contarlo.
La historia se desarrolla en Chile durante la época de la dictadura militar, y reúne en sus páginas investigación criminal, amores y política.
A quienes la lean, espero disfruten de su historia.
Si deseas tener acceso a la novela completa, puedes contactarme a daro_pohl@hotmail.com o adquirirla en este enlace: Comprar novela Pinturas Nocturnas

Un pez tatuado en la nalga ©

Podría haber seguido durmiendo de no ser por el reloj que me recordó que eran pasadas las diez y que junto a mí, tengo una morena que en mi cabeza abombada no logro adivinar qué promesa le habré hecho para que esté ahí. Le miro sus pechos jóvenes desnudos y descubro que están bien puestos, más de lo normal acostumbrado; la cadera corre bajando por el terso glúteo hacia la angosta cintura; todo brilla en esa piel oscura. La oigo quejarse cuando se vuelve a acomodar; el pez tatuado en su otra nalga me mira al darse cuenta que ha sido descubierto.  Se acomodar otra vez introduciendo sus brazos bajo la almohada, su rostro indica hacia un costado mientras su crespa cabellera cubre el resto de la funda. A estas alturas aún no encuentro respuesta a su visita. Descansa sobre el vientre.  Retiro otro poco la sábana disfrutando su cuerpo; una pierna flectada y la otra completamente estirada, entre ellas…  ¿Cómo llegó hasta acá? Me pregunto y cuando decido averiguarlo oigo su voz. —Hola guapo. Despert…