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Mostrando entradas de septiembre, 2019

El celular sólo muestra evidencia

—Mi señor.                     —Don.                         —Cielo.                     —Oye.
—¿Qué deseáis mujer?  —Dígame señora.      —¿Qué hay amor?    —¿Gua?
—El crío.                        —El pequeño.             —El niño.                 —Es tuyo.
—Debo dejaros.             —Debo retirarme.      —Lo siento.              —Cagaste.
—No marchéis.              —Por favor.               —No te vayas.           —¿Te vai?
—Las tierras.                  —La industria.          —La oficina.              —Tengo que salir.

El pequeño terminó jugando en una bajada de agua de dudosa reputación, años después sobre un caballito de madera, hasta que llegó el triciclo y luego una pantalla.


(En evidencia al micro relato: “El museo de ciencias para niños”)





Photo by Liane Metzler on Unsplash

Comenzando a escribir tu novela

¿Tienes el comienzo de lo que piensas será una buena historia?
—Él le dijo cuando iba saliendo.
—el otro le respondió.
O una simple frase que suena bien y abre en tu pensamiento un mundo en escenas.
¿Te has sentado frente al ordenador, abierto el programa y el teclado comienza a sonar tan rápido como van tus dedos? Luego miras el margen inferior y tan sólo llevas 400 palabras escritas. Absorto te quedas mirando el número cuando los textos, el internet, todos hablan de 50 mil palabras para una novela.
Entraste en pánico lo sé, he pasado por ese camino en la maratón de acumular palabras. Aprendí que cuando se me venga una historia no preocuparme que tan extensa será, simplemente dedicarme a contar, ya veré luego si me gusta  y se ajusta a un micro-relato, excesivamente corto; o como cuento, o si seguirá creciendo para  novela corta o termina convirtiéndose en novela. Por ahora sólo dedícate a plasmar tu idea, luego llegará la hora del trabajo.
En mi caso lleva el siguiente desarrollo: ¡Ge…

El museo de ciencias para niños

Entrando al museo una bola de hule voló por los aires. La miré al pasar. Luego miré al interior de un salón. Un niño otro niño una niña alguien grita un nombre se oye un llanto una carrera más gritos risas de varios junto al siguiente llamado a un chico diferente distinto nombre voceado y otra carrera el ruido de la máquina imposible determinar más risas y carreras hasta el otro salón un golpe se puso a llorar ahora no suelta el nuevo juego otro espera y reclama lo quiere usar lo empuja cae sentado se para y regresa a la máquina el otro se muda a la de al lado corren hay uno tirado en el suelo con la vista al techo otro se tropieza en él y de pasada le pisa la mano llora da un grito dos chocan de frente las carreras continuar saltan dos niñas se miran esos disputan un globo.
Cuando, miro, a, los, papás, todos, están, agarrados, al, celular, perdidos, dentro, del, internet.

Es sólo un tipo tímido que le gusta ver volar a las águilas

La puedo ver a través de unos arbustos que hay entre yo y ella. Estoy seguro que ella no me ve a mí, es más, creo que ni siquiera sabe que estoy aquí; siempre es así con todas las personas, parecen no verme. Por eso que no me gustan, dicen que soy. Que importa. Sigo mirándola a ver qué hace. Eso sí, me entretengo espiando a la gente cuando no me ven y les doy nombres. Con sólo aproximarse al borde y dar una mirada al fondo del precipicio retrocedió un paso. Me sonrío cuando se echa hacia atrás; yo puedo ir un poco más allá que ella. Sé lo que ella ha visto allá abajo. Muchas veces he hecho lo mismo. Mirar hacia abajo es ver una caída de varios cientos de metros y cortada en contrario a la saliente. El que sea curioso y no le dé vértigo, a mí no; o un suicida, podrán ver directo al río pero jamás oír el torrente que lleva, sólo se escucha silbar al viento. La voy a llamar, no se me ocurre que nombre darle. Otra vez regresa hasta la orilla, parece no titubear al pisar sobrepasando el borde…

Bluff - Dudo

—Son dos  —dijo con toda tranquilidad. —¿Sólo dos?  —Preguntó extrañado sosteniendo el mazo en la mano. El otro se quedó mirándolo sin ninguna expresión en el rostro y nadie pudo leer o ver lo que sostenía en la mano. El tiro se oyó estruendoso dentro de la habitación y antes de recibir las dos lo vio caer, la cabeza dio un duro y seco golpe contra la cubierta. —Ha estado haciendo trampas toda la noche y no necesito aclararlo  —su rostro continuó impávido. —Lo sé  —se atrevió en decir quien seguía sentado al frente. Otras dos detonaciones con su respectivo fogonazo, iluminaron las cartas caídas a través de las mangas de los tres. Sonrió —Y sólo pensé en dos.

Esas fiestas en la oficina

Mientras fijaba toda su atención sobre la hoja en que escribía, Rafael lo sintió entrar en la oficina. Siguió sentado tras su escritorio sin intención en ponerse de pie y sólo levantó la vista por sobre el marco de sus lentes de lectura, lo miró fijo y acusador, parecía querer decir algo sin llegar a atreverse, hasta que en sus ojos asomó un color a revancha y dejó ir la acusación. —Tu mujer te engaña. Lo dijo con una clara pronunciación y sin un atisbo de temblor en la voz. Miguel Ángel se sintió sorprendido por tan segura aseveración.  Luego carraspeó, frunció el arco de las cejas y no supo qué decir, hacer o preguntar. Rafael lo volvió a mirar.  En el fondo de sus ojos se había depositado el brillo del triunfo cuando replicó: —A los dos nos engañan. Miguel Ángel hizo un leve movimiento en retroceder y preguntó desconfiado: —¿Cómo lo sabes? Rafael comenzó a disfrutar el sentimiento del triunfador, por primera vez él pasaba a la cabeza; aun así bajó la mirada al notar que Miguel Ángel hacía …

Salvar el planeta es misión de todos

—¡Hay que salvarlo! —Gritó en la esquina de Manhattan y otra.  La primera bola de fuego cayó sobre él pulverizándolo. El último de todos escondido quien sabe dónde aislado, no ha corrido mejor suerte. Siguieron cayendo bolas incandescentes por los siguientes… ¿Tiempo, periodo, oscuro, claro? Cuando cesaron asomó algo. El planeta seguía donde siempre. El último de todos ya ni siquiera era cenizas.

La mutación del escritor

Necesito hacerme el tiempo, ¿cómo se lleva adelante lo que acabo de decir? El otro día recibí carta de Natalia, en ella sonaba preocupada por la suerte que pudiera estar corriendo Matías. No es para menos, que se haya marchado dejando en el olvido su máquina de escribir. No tengo intensión de heredar aquel trasto, que eso lo haga otro, estoy seguro que tiene todos sus tipos estropeados; después de leer uno de sus “poemas” no podría tragarme otro más. El pobre infeliz no escribe, simplemente destroza el vocabulario. Natalia es otra historia, aunque lo nuestro ya es cosa trillada y para mí puesto en el olvido, aun así no deja de inquietarme. La última vez que la visité fue porque me llamó desesperada, yo aun no había decidido mudarme de ciudad; cierto es que tan lejos no estamos pero es distancia suficiente; y hace unos días esta carta donde suena abrumada. Que el cartero no haya podido eludir su obligación de depositarla dentro del buzón. Si tan sólo lo hubiera hecho en otro y me evita la …