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El Puño Izquierdo. Final ©


(continuación)

Cuarto Round y final

La nueva sacudida disminuye más mi posibilidad de escuchar el relato.  Con la hinchazón de la mano, el muro interior se hace convexo. Aún no logro recuperar la estabilidad perdida con el golpe anterior y ha llegado éste.  El ruido tras el impacto, ha sido la caída de un árbol en un silencioso bosque, acompañado con todo su sonoro quebrar de ramas y tronco.  Pienso en los huesos de esta mano izquierda, mi nueva oficina.
La fractura del dedo índice y medio ha aflojado un nuevo olor, un aroma que excita, que alerta mis sentidos e infunde una inusual agresividad en mí.  También me ahoga el deseo de que mi anfitrión reanude su ataque y sacuda a nuestro oponente con un golpe y otro y más golpes hasta hacerlo caer.  Es una sensación alucinante.  Siento como la presión inflama mis arterias y el ruido de huesos rotos no cesa.  Ese aroma dulzón por sobre todos los demás, me pone alerta, exacerba mi espíritu, dejándome sentir que yo soy, sí ¡yo soy! quien está propinando todo ese castigo físico a quien está al frente, con otro golpe y un siguiente. Es como si no contara con otra mano y me viera obligado a dar castigo con ésta única que tengo fracturada, quebrada, !rota!  La hinchazón me está aplastando.  No importa que tan fracturada esté, vuelve a atacar una y otra y otra y otra vez, y de pronto la comunicación se hace audible.
—¡HA CAÍDO!  —grita el comentarista—.  ¡HA CAÍDO!   —vuelve a repetir—.  Tras el terrible ataque de esa potente derecha en tres oportunidades seguidas, el púgil de pantalón negro cae y su oponente comienza a celebrar, anticipando la cuenta del referee.  Todos los seguidores de quien festeja, corean la cuenta y a cada movimiento de brazo de quien dicta los tantos, que se aproximan al diez, lo acompañan en su triunfo.  Parece inevitable el fin del combate. El boxeador caído yace boca abajo y el umpire comienza a hacer gestos llamando al médico de turno.
Me ahoga un profundo olor, diferente a todo los que he podido oler hoy.  Mi mareo es completo; me desorienta dentro de esta sala que ha aflojado su tensión.  No logro establecer si estamos de pie o tumbados en la lona.  El sudor comienza a tornarse helado.  El aroma trae un leve recuerdo a un animal atropellado en plena calle ya por días.  De pronto esa peste sufre otra transformación que puedo definir a etanol, a alcohol de limpieza, el mismo olor que tenía en mi rostro a los cinco años cuando tuvieron que llevarme al hospital por un corte en la cara. Es el mismo olor a limpieza que comienza a fluir entre las vendas de esta mano que ahora está tan quieta, tan pasiva como para iniciar un sueño.  Ese efecto se va abriendo camino a mi cerebro; mis sentidos comienzan a perderse y no puedo controlar el mantenerme despierto; no quiero perder la conciencia; los aromas son más profundos; el latido de sus dedos son casi imperceptibles; los de mi corazón casi no los siento; los ruidos aumentan en volumen; ingreso en un túnel oscuro; luz…
Abro los ojos y la mujer a mi lado me dice que estoy en el hospital, que he sufrido una fuerte contusión, pero que me encuentro estable, que intente quedarme quieto. 
Estoy semi-sentado, tengo un aro de metal que sostiene mi cabeza.  Del otro lado de la cama veo a Elena.  Me cuenta que llevo tres días en cuidados después de una cirugía en el cuello.  Le digo que mi último recuerdo es haber estado en el estadio, lo que ella afirma como cierto.  Luego agrega, como para darle lógica a que esté tendido en esta cama, que tras el knockout, al ser retirado del ring y por la falta de espacio para moverse, cayó sobre mí el púgil vencido.  El golpe me produjo la fractura de una de las vértebras cervicales.
El campeón, debería decir el ex-campeón y yo, nos recuperamos en el mismo hospital; él ingresado por la potente mano derecha del retador, y yo por las extrañas gracias de la vida.
Mi mujer antes de abandonar la habitación, me felicitó por el cuento que descansa junto a la máquina de escribir, aunque sus páginas  —me dice—, parecen que fueron mojadas por café.  Luego añade desde la puerta:  —Tienen un extraño olor.



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