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Un lanza a chorro ©

—¡Putas que hacer frío por la chucha!  —se quejó mientras frotaba sus manos al cruzar la puerta principal.  Volvió a soplar su aliento tibio dentro del hueco hecho con las manos y al levantar la vista lo divisó.  No hubo molestia en él, ni enojo, sólo una gran cuota de curiosidad  —Allá él  —se dijo y comenzó a acercarse.
—¿No te lo dije?  —hizo su actuación del policía rudo y que no lo era.
—Puta jefe  —se encogió dentro de toda su humanidad sin saber qué decir.
Seis meses antes a no poder responder, el lanza iba sentado en el asiento trasero del vehículo del Inspector.  Murillo lo miraba a través del espejo retrovisor, El Campanela en silencio; rapado; las manos atoradas por las esposas; no pronunciaba palabra.
—¿Hace cuánto que te soltaron?  —sabía que sólo era cosa de días, a lo mucho dos por lo afeitado de su cabeza.  Preguntó de todas formas para cerciorar el tiempo.
—Antiayer, el marte.

    —Y ya estabas luchando.
—Hay que comer po’jefe.
—¿Y hasta cuando vas a seguir así?  —sólo de vez en cuando dejaba de mirarlo.  El automóvil aún seguía aparcado.
—¿Y qué ma’hago?  ¿Trabajar?  ¿Quién me contrata con lo antecedentes que tengo?
La conversación se movía entre preguntas con preguntas por respuestas, sin saber respuestas que no fueran más preguntas.
—¿Eres solo?  —interrogó el escurridizo de compañía.
—No  —respondió con vergüenza—.  Tengo mujer y cuatro cabros chicos.
—Si te consigo un trabajo, ¿dejas de andar robando?  —más que pregunta, le hacía una proposición.
El vehículo tomó rumbo y tras conseguir lo ofrecido, el siguiente fin de semana estuvo lleno de mudanza.  Tres chiquillos corriendo y un bebé llorando en los brazos de la madre, mientras un ex-convicto y un Inspector bajaban enseres; un montón de cachivaches desvencijados.  Los seis llegaron para quedarse; nueva vida, aire de campo.
Lo volvió a mirar sin poder encontrar una explicación lógica.  El detenido encorvado agachó la cabeza.
—Te dije que no volvieras a la ciudad  —el Inspector estaba preocupado.
—Jefe tuve que venir por un trámite y sus colegas me agarraron.  Le juro y lo puede averiguar.  Desde que nos dejó a mi señora y los niños en el campo, lo único que he hecho es trabajar.  Puede preguntarle al patrón.
—Te creo  —Murillo le palmoteó sobre el hombro—.  Déjame hablar con el colega a ver que consigo.
—Gracias jefe  —Tomás sonrió, encendió dos cigarros y le dejó uno puesto en los labios.  Se fue en busca de Díaz, el Subcomisario al mando del servicio.
—Usted sabe Inspector, no puedo hacer lo que me está solicitando.  Está registrado en detención con la central de radio, tiene antecedentes…
—Pero…  Lo he estado apadrinando por los últimos seis meses.
—Murillo, entiendo lo que dice y ya le he dicho, no puedo dejarlo en libertad.  Estoy atado de manos, no depende de mí.
Murillo regresó donde El Campanela, aun pitaba el sin filtro.  Este al ver al Inspector se enderezó, una chispa se ahogó en sus ojos.
—Tranquilo, será unos días en la Penitenciaría y cuando te lleven ante el juez, te prometo estar ahí.  Hablaré con él.
El camión verde oscuro cerrado de prisiones, hizo su entrada por el portón doble al estacionamiento en la parte trasera de los tribunales de justicia.  Tomás subió al segundo piso para solicitar audiencia y estar cuando fueran subidos los prisioneros a la presencia del magistrado.
—Pase Inspector  —le ofreció la actuaria—.  Ya suben a los detenidos.
En la sala saludó al juez y al secretario junto a él.  Una puerta lateral se abrió.  A la cabeza entró un gendarme, tras él venía el primer reo, seguido por otro y el tercero, hasta entrar la corrida de doce.  Luego entró otro gendarme y un Teniente al mando.  La puerta se volvió a cerrar.  Murillo revisó una vez más la hilera.  Se aproximó al oficial a cargo y en voz baja preguntó  —¿Hay otro grupo?
—No, sólo éste por hoy.
—¿Traerán otro mañana?  —sabía que eso no sucedería, pero había preguntado.
—Hasta el próximo lunes.
—¿Qué hay de José Gómez Matamala?  —preguntó por El Campanela.  Luego salió rumbo al centro de detención de Santiago.  Al traspasar el grueso enrejado de hierros verdes, fue directo al mesón del comandante.
—Lo siento señor Murillo.
—¿Lo puedo leer?
—Aquí tiene  —le facilitó el reporte.  El informe médico diagnosticó como causa del fallecimiento una Pulmonía grave.

Afuera hacía frío.  Miró el cigarrillo, lo encendió y tras la primera pitada lo arrojó al suelo.  Ahí quedó echando humo.  Un chiquillo corrió y se puso a fumarlo, él y el pucho mojados.

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