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Regresó

Carlos hoy descubrió que el estar solo, no lo acompaña bien en sus horas de nostalgia.  Al mirar el apartamento ya estaba nuevamente hablando como si aún lo habitaran juntos, como era, como antes y no sabía cómo hacer para evitarlo, hasta que la llamada en el teléfono de su despacho lo sacó de la evocación o lo que era un agudizado recuerdo que pronto desapareció.  -Seguro es Carmen, -pensó.  -es miércoles, creo que es miércoles, si es miércoles.  Todos los miércoles me llama para saber como sigo, -desde que sintió el fallecimiento de su esposa, también agradeció la preocupación de la llamada, esa a fuerza de la costumbre. -antes llamaba y hablaba con la Maru, ahora lo hace conmigo.
-Alo Carmen.

-¿Cómo has sabido que soy yo?
-Mujer por más de treinta años has llamado cada miércoles. ¿Podría ser distinto hoy?
-Carlos para el sábado te tengo una sorpresa.  Cenamos juntos y no digas que no. Nos vemos a las seis.
-Espera, ¿no me dirás de que se trata?
-Es una sorpresa, te va a encantar. El sábado a las seis, ¿está bien?
-Esta bien, cómo decirte que no.  -se vio en el pasillo con el auricular en la mano, luego levantó la vista y miró hacia el fondo de éste, vio que finalizaba en una ventana. Sintió que debió haberle dicho que no podía.  También sabía que eso con Carmen hubiera sido algo imposible.  -Hasta Maruja no se habría atrevido. -se repitió en voz baja, como queriendo no ser oído.
Desde la época del liceo eran un grupo de inseparables.  En muy raras ocasiones uno de ellos se ausentó, incluso si sucedía en las vacaciones de verano, era por orden de sus padres, porque de haber sido por el deseo de ellos, hasta ese tiempo lo pasaban juntos y con mucha mayor razón. Todos los conocían bajo el apodo de los quíntuples.  -Como te extraño Maru…, todos esos años juntos y ahora solo de tu recuerdo lleno mis horas.  Cuando te busco en el siguiente cuarto, está tan vacío como mi cabeza.
Aún conserva el hobby de los Bonsai, siempre le ha dedicado tiempo a sus árboles y esos ahora cuando los mira, lo hacen sentirse culpable.  -Pensé que ellos no te gustaban, no recuerdo una razón, en realidad creo que nunca mencionaste una. ¿Sería que dejaba mucho de nuestro tiempo en ellos? Pero nunca te oí decir algo, solo yo lo podía notar después de tanto tiempo juntos. -los pequeños árboles se han crecido, incluso el Ficus, ha perdido todas sus hojas, ya es tan solo un esqueleto de tronco y ramas.
-Mis paseos por el parque ahora son completamente silenciosos, -muchos podrían decir que siempre lo fueron, quienes no los conocieron bien, podrían también asegurar que esos paseos eran ajenos a las palabras.  -nosotros sabíamos comunicarnos tan solo con una mirada, un abrazo o la presión de nuestras manos tomadas. -Al llegar a la banca, donde solían darse un tiempo al descanso, se desataban las palabras, como ahora mismo se le podía oír a él en el descanso de su paseo matinal. -Siempre conversábamos sobre un libro, un artículo o algo que estaba sucediendo en nuestros escritorios. Aun mantengo tu oficina y sobre tu mesa la novela que dejaste inconclusa, no he sido capaz…
-Hola Carlos. ¿Cómo sigues? -lo interrumpió la mujer en su pensamiento, mientras él continuaba mirando por la ventana.
-Bien Carmencita y ¿Tú?
-Si…, si, bien. La verdad es que divinamente bien.
-¿Cual es la sorpresa que me tenías preparada?
-¿La sorpresa? …¡ah! la sorpresa. ¿Recuerdas a Magui? Magdalena.
-¿Como no recordarla? -y giró su cuerpo para mirar a quien le hablaba.  -si fue ayer cuando nos conocimos, ¿o fue el primer año de liceo? Que gusto…, después de tanto tiempo. ¿Que has hecho?  -Carlos dio curso a muchas preguntas, se podría decir que son las acostumbradas después de no ver a alguien por un largo tiempo. Algo que incomodó a la presentadora, no así a Magdalena, quien era la aludida.
-Carlos, no llenes a Magdalena con tanta pregunta -intervino.
-Esta bien, -se le escuchó decir a Magdalena. -no es problema, esta bien. -y sonrió regalando a Carlos una caricia en la mejilla, tras ese abrazo de reencuentro.
Así entre preguntas y más preguntas, con repetición de algunas y olvidos de otras, hicieron el almuerzo, hasta que habiendo transcurrido la tarde, se produjo el momento de partir. Con ésto, llegó la despedida y la promesa de juntarse nuevamente.
Carlos una vez más regresaba a su constante soledad, el de la habitación que por tiempos se le hacía extraña. Removía los papeles ordenados en una pila, bien alineada sobre el escritorio.  Miraba la antigua máquina de escribir y parecía verse tentado a presionar una vez más sus teclas, algo gastadas por los años de uso durante toda su carrera como escritor.  Pero no era capaz para encontrar el camino, la fuerza, la memoria como para sentarse frente a ella y hacer lo que solía hacer, escribir.
A la mañana siguiente se vio aparecer a Carmen por el cuarto de Carlos, mientras él de pie junto a la ventana, contemplaba el jardín de enfrente bañado por un hermoso y extenso césped de un verde profundo, el que estaba cercado en su costado derecho por unos ciruelos silvestres recién florecidos. El contraste del verde pasto con las rosadas y blancas flores de los árboles, le traían viejos pasajes de novelas leídas o escritas, recuerdos sueltos entre muchos olvidos. Torció la cabeza al interior de la habitación buscando, queriendo encontrar algo y agrego en un tono cansado.  -Hoy has venido más tarde que de costumbre.  -la mujer lo miró, le arregló el cabello, el dobles del cuello de la camisa y le sonrió.  -¿Como has amanecido hoy?
-Bien. Me siento mucho mejor. Es maravilloso ver como esta afuera. ¿Sabes si hace frío? Mira que no he salido en todo el día.
-Está algo fresco, como un buen y hermoso día de septiembre. ¿Quisieras almorzar ya?
-Déjalo en la mesa, ya voy. Ese jardín me ha hecho recordar a Maru.  Parece que le gustaban esos árboles en flor. Tengo que ir al cementerio a plantar uno junto a su tumba.
-No te preocupes, iremos juntos, pero ahora es hora de comer antes de que se enfríe.
-¿Has vuelto a ver a Magdalena?
-Seguro que la he visto. Hoy viene a visitarnos, es sábado y ha llamado el miércoles preguntando si puede venir.
-¿Y que le has dicho?
Por supuesto que Carmen dio la respuesta positiva, la que al parecer alegró a Carlos.
Hoy de forma muy especial y distinta, a Carlos se le ve contento.  El almuerzo junto a las dos mujeres pareciera haberle devuelto los deseos de retomar la escritura y así se los ha dejado saber.  -Carmen, ¿recuerdas la novela sobre mi escritorio?
-¿Como no? Si muchas veces has amenazado con terminar.
-Bueno, ahora con ustedes aquí, me comprometo a terminarla. Regresando a casa será lo primero que haré.
Magdalena sentada frente a él, a la mesa del comedor, siente como Carmen que está a su lado, le toma la mano y le da un pequeño apretón.  Las dos mujeres se miran y esbozan una sonrisa con la noticia.
Ya de regreso en su apartamento, Magdalena siente que el día le ha venido bien en el ánimo y está feliz con la inesperada noticia que Carlos les ha dado. Cuando se dispone a ir a la cama, después de un agitado sábado, que entre la visita, el llegar al supermercado, luego guardar las compras para la semana y repasar el original de su nueva novela ya casi terminada, se hace acompañar por una copa de vino rojo, sintiéndose sencillamente agotada. Entonces comienza su recorrido de regreso como todas las noches, apagando luces tras de sí hasta llegar a encender la de su dormitorio.  Desde la mesita de noche junto a la cama, le llega la música que ejecuta el celular tras el arribo de una llamada. Es tarde, lo mira desde el otro extremo del cuarto como no queriendo contestar, esta cansada, agotada y sólo desea dormir con esa alegría que tiene dentro, pero ante la insistencia de la melodía, se arrepiente.  No puede dejarlo abandonado, camina hasta él y lo toma para atender.  -Alo si, ¿diga?
-Magdalena soy yo, María.  Necesito que venga lo más pronto posible, don Carlos se ha puesto malito, después de todo lo bien que lo vimos durante el día.
-¿Qué ha pasado?
-Por favor venga y no pierda más tiempo.
Ha vuelto al estacionamiento del edificio para una vez más, en el mismo día, poner en marcha el motor de su vehículo y dirigirse a la clínica para juntarse nuevamente con María y Carlos. Al llegar, la enfermera la está esperando en la puerta, le coge las manos, la mira a los ojos y le da un suave y cariñoso abrazo.  -No pierda más tiempo señora Magdalena, don Carlos ha empeorado y lo único que repite es su deseo de verla.
En la habitación acostado en cama, la que ha sido suya por estos últimos tres años, tras una mirada vidriosa, se le ve sonreír al ver entrar a Magdalena.  -Carlos…  -repite ella y Carlos con cierta dificultad, separa su mano solo unos centímetros del sobrecama, como pidiéndole tiempo.  -Magdalena, mi Magui, solo decirte gracias. Sobre el escritorio está terminada la novela que te prometí. Espero en ella hacer buen juicio de todos estos años de feliz matrimonio que me has regalado. Te he amado con toda mi alma y bien sé, que tú a mi.
Entrado el siguiente mes, sus tres inseparables amigos Maruja, Gloria y Manuel, se han dado cita para recordar a Carlos.  Además una nueva persona es incorporada al grupo, María su enfermera, a quien él conoció por Carmen.  Todos junto a Magdalena, su esposa, disfrutan leyendo su novela póstuma, “A la sombra de un juvenil ciruelo en flor”.

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