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El engaño

Dispuesto a salir de la casa, vio que ella se aprontaba a entrar. No se esperaba aquella sorpresa. Suponía que aún no debía llegar, pero lo hacía.
Entró tan rápido por el acceso principal, que no tuvo más tiempo que para ocultarse tras la puerta de la cocina.
Después de dejar la cartera y colgar el abrigo, dejó una pequeña bolsa de papel con sus bordes morados sobre la mesa de la sala y se dirigió a la cocina.
Seguía escondido tras la puerta. No lo vio al entrar y tampoco al salir.
Cuando la oyó que subía al segundo piso, aprovechó de abandonar su escondite y usando la puerta de
servicio se alejó. En la calle se subió al auto que tenía estacionado, y comenzó por encender la computadora portátil.
Bajó a la sala en busca de la bolsa y regresó al dormitorio. Tomó el teléfono inalámbrico, marcó un número ochocientos. Luego de esperar con el oído atento al tono de llamado, éste se silenció y una voz varonil preguntó:
-¿Estás lista?
-¿Eres tú?
-¿Quién más? Si estaba esperando tu llamado.
-Deseaba oír tu voz.
Comenzó a desnudarse mientras sostenía el auricular presionado contra su oreja con el hombro. Primero se quitó la blusa, luego soltó el cierre de su falda.  Ésta hizo el recorrido libre hasta llegar al suelo.
-¿Sigues ahí?
-Cómo irme, cuando imagino que haces.
-¿Entonces sabes que me desnudo?  Pasé por una tienda que está en calle Huérfanos.
-¿Qué has comprado?
-Si estuvieras acá podrías verlo. ¿Lo oyes?
Los dos o tres golpes sobre el vidrio lo distraen y se ve obligado a atender.
-¿Sí?
-Joven podría mover su vehículo, necesito sacar el mío y usted está en el camino.
-Por supuesto. Lo siento mucho. Disculpe.
Cuando regresa a lo suyo ya la conversación telefónica ha terminado, pero ella sigue en el dormitorio completamente desnuda y sentada en la cama. Sobre las sábanas se ve la bolsa que había estado en la mesa. Ya le había quitado el papel de color violeta que cubría la boca del delicado contenedor.  A un lado tiene una caja de metal con su tapa transparente.  Sentada con sus piernas separadas comienza a ordenar la profusa cabellera entre ellas. Lo hace con cuidado, procurando que se mantengan en su sitio. Toma una pequeña botella ámbar y con el líquido que ésta contiene, humedece sus dedos y se frota humectando la zona. Puede ver el color rosado pálido en los bordes y rojizo al centro.  Le da una reacción imposible de ignorar.
Vuelve a humedecer sus dedos en el líquido oleoso y busca el mejor punto de contacto.  Lo frota un poco más, hasta que con su mano libre toma el vibrador, lo aproxima y gesticula una muequita de placer.
Frente a la casa se estaciona un vehículo, su conductor entra por la puerta de servicio.  Va dejando la ropa a lo largo de la escalera.  Cuando mira al interior del cuarto, aun se acaricia.
Nada dice y piensa en: «Que no sea mi marido». Si la sorprende, pero lo ignora. Lo acerca y lo ayuda en acomodarse entre sus piernas.
La computadora había quedado apagada junto al asiento del conductor.
-Señor. Le puedo informar que su esposa le es completamente fiel.  No hay nada por qué usted pueda sentirse traicionado. Mantuve cámaras y micrófonos de vigilancia por todo el mes que usted ha estado fuera.  Su esposa por lo general estuvo en casa.  Nadie la visitó y cuando salió, fue sólo por cosas rutinarias.
-Detective. ¿Cuánto le debo por sus servicios?
-Lo acordado. No hay extratiempo.
Extiende un cheque por la cantidad y algo más. Alarga el brazo y le hace entrega del documento.
-Gracias es usted muy generoso. Ha sido un placer trabajar para usted.
Antes de salir se da la vuelta y agrega: -Olvidé decirle que los equipos de vigilancia ya los he retirado.
Al dejar la oficina el hombre tras el escritorio coge el teléfono y le ordena a su secretaria:
-Dígale que pase. ¿Es él?
-Aquí están las fotos.  Es él.
-Elimínalo.

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